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jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 13. Saramago “El Nobel que vino de incógnito”.




- Bueno, Sr. Saramago; ya tiene usted el Nobel. Permítame una pequeña impertinencia: tardó en llegar, como Pilar… En fin, por muchos años.

Cavilaba yo en la felicitación al escritor respecto al Premio, que se hizo desear bastante por todos sus lectores. Y como ya he comentado muchas veces. El eterno lamento de Saramago era “Pilar, que tanto tardó en llegar”. Bueno, pues todo llegó…

Cavilaba yo, como digo, en la felicitación a Saramago, cuando empecé a “ver” lo que luego sería el libro de 78 páginas que se me ocurrió con motivo del Nobel. (¡En una buena, me estaba metiendo!).

Pensaba yo en Saramago, en cómo se había instalado en Lanzarote dejando su país por esas “incomprensibles incomprensiones” de las que no se libra nadie, ni chicos ni grandes (y no me refiero a la edad).

Y pensando, pensando, esto es lo que “vi”:

“El Espíritu de la isla observó al nuevo inquilino con ojos críticos, dispuesto a soltar chispas si hacía algo inconveniente. Pero no, el nuevo inquilino no hizo nada inconveniente y el Espíritu de la isla suspiró satisfecho y le dio la bienvenida”.

“Era una mañana, como tantas otras, en que el Espíritu de la isla estaba somnoliento después de pasarse la noche discutiendo con la Luna. (Según una leyenda, la gente dice que el paisaje de Lanzarote se parece al de la Luna, cosa que enfurece al Espíritu de la isla. Él dice que es la Luna la que se parece a él, y así discuten toda la noche hasta que sale el sol y los manda a callar).

En medio de su somnolencia, la isla oyó que las otras seis, sus hermanas, comentaban la noticia: el nuevo inquilino era un famoso escritor que había venido de incógnito.

Parloteaban y discutían entre ellas con su acento más canario que el gofio”.


Y el libro empieza así, con discusiones entre las siete islas, que se pelean como “buenas” hermanas. Tanto como lo que me “peleé” con mi imaginación durante los casi tres años en que estuve escribiendo y decorando este libro, ejemplar único.

Pero ya les contaré…

martes, 26 de junio de 2012

Capítulo 12. Saramago “El Nobel que vino de incógnito”





1998, Octubre; mes del reparto de “Nobeles” y año en que le tocó a Saramago. (¡Esa Academia recalcitrante!).

Saramago estaba en la Feria del Libro en Frankfurt y su mujer, Pilar del Río, en su casa de Lanzarote. El diligente “telediario” me informó que los dos cogieron el avión para encontrarse en Madrid. Aeropuerto de Barajas, la pareja se divisa a lo lejos y se hacen señas. Y creo que ahí se debió cortar la información, al menos hasta después de su encuentro… Porque esos instantes únicos creo que no les pertenecían a nadie, sólo a ellos, la pareja protagonista. Pero ¡qué va!... Cómo iban a perderse algo tan jugoso. Una lástima, pienso yo. Saramago se contenía bastante, pero la cara de Pilar era, como se suele decir, todo un poema; irradiaba tal alegría, brillaba de orgullo y satisfacción…; bueno, todavía se me pone la piel de gallina, al recordarlo. Pero sigo pensando que fue una lástima que esa “exclusiva” tan exclusiva de ellos fuera “tan” pública.

Y ahora hago un inciso para contar algo de intimidades. Chopin, mi músico favorito, fue amante de George Sand durante nueve años. A la muerte de Chopin, su hermana mayor Luisa, y la misma George Sand, buscaron las cartas que los amantes se habían escrito durante esos años (que eran muchísimas) y las destruyeron todas. Claro que me hubiera gustado leerlas; mentiría si dijera otra cosa. ¡Me muero de curiosidad! Pero, al mismo tiempo, me alegro infinito (mal que me pese) de la destrucción de esas cartas. A pesar de la tremenda curiosidad, pienso que lo que hubo entre Chopin y George Sand era de ellos exclusivamente. Ya me hubiera gustado, ya… ¿Para qué ser hipócrita? Pero repito que me alegro de que esas cartas ya no existan.

Sigo con Saramago, su Nobel y Pilar del Río. Felicitaciones, emociones, etc.; todo eso lo sabe el mundo entero. Creo recordar que, para la ceremonia de entrega del Premio, Pilar se hizo un vestido cuya tela llevaba frases de los libros de Saramago. Qué bonito. Me gustaría ver algún día ese vestido.

Y me viene a la mente una cosa. Hay una frase, que se me antoja bastante machista, que dice que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer”. ¿Cómo que “detrás”? ¡A su lado!, que es como debe ser. ¿Cómo iba a estar Pilar detrás de Saramago? “Pilar, que tanto tardó en llegar”, decía siempre el escritor… Con problemas de salud, Saramago decía que no sólo lo salvaban los médicos sino también su mujer. Una vez corrió peligro de quedarse ciego. “Blimunda no se rinde”, le dijo Pilar, tomando la frase de un personaje de su novela “Memorial del convento”. Y no se rindió.


(Continuará).

miércoles, 23 de mayo de 2012

Capítulo 11 - Saramago 'El Nobel que Vino de Incógnito'




Saco del baúl de los recuerdos la vez que hablé por teléfono con Pilar del Río, la mujer de Saramago; no me acuerdo la razón de hablar con ella. El caso es que en China se celebraba no sé qué aniversario del comunismo, y Saramago y Pilar estaban invitados. Me contó ella que estaba preocupada, que "no las tenía todas consigo"; pues esas celebraciones políticas, en países tan grandes, a veces se complicaban. Por suerte, todo fue bien y supongo que disfrutarían de su viaje.

Yo no he estado en China, y me encantaría ir; pero mi hermana sí ha estado, y tiene unas fotos preciosas. No trajo un "mantón de la China", como dice la zarzuela, pero sí una colcha de seda que es una maravilla.

Y llegó Octubre de 1998. Por fin, esa Academia recalcitrante le dio el Nobel a Saramago. Lo felicité, y conmigo, las siete islas canarias más San Borondón.

Todo en mi imaginación, claro. No me costó nada "ver lo que vi".

Pero lo que no sabía era en qué me estaba metiendo, qué trampa insidiosa me tendía mi gloriosa imaginación, un torbellino de creatividad que me atraparía casi tres años. Pues todo "lo que vi" tuve que ponerlo en un libro... Y la creación de ese libro, es como otro libro...

Continuará...

martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 10 - (Continuación) - Saramago, "El Nobel que vino de incógnito"



"Decíamos ayer...". Esto no es propiamente otro capítulo referente a Saramago, sino la continuación del anterior donde contaba que, habiendo decidido el Colectivo Andersen darle un regalo a Saramago por su cumpleaños, ya yo lo tenía comprado.

Y hablé de que otra de mis manías es comprar algo que me guste y almacenarlo, esperando la ocasión de regalárselo a alguien apropiado. O sea, tengo un armario con "regalos en busca de dueño". A veces lo tengo casi vacío, pues no es cosa fácil encontrar algo que me guste para darlo a quien corresponda cuando llegue la ocasión.

Hace muchos años yo vivía en Barcelona (otra de mis patrias, pues considero así los sitios en los que he vivido). En una tienda encontré unos collares que me llamaron la atención, y los compré. Eran 4, iguales; rígidos, de metal dorado y en forma de dos pájaros tocándose con el pico. Tan delicado era su trazo, tan original su diseño que me encantaron. Tres de los collares ya tenían dueña: uno para mi tía Lola (mi favorita y que además es un hada); dos, para mis hijas, de mayores, y usaría yo uno mientras tanto. Y el cuarto lo guardaría para una amiga todavía desconocida. Pregunté en la tienda de dónde venían los collares pero, al parecer, no sabían gran cosa. Llevaban la marca Cadoro, un diseñador de Nueva York, me informaron sin mucha convicción. Tal vez, algún día tendría yo una amiga en esa ciudad.

Y así ocurrió... 24 años más tarde. Tengo unos amigos en Nueva York, un matrimonio a los que quiero mucho, y el collar fue para Carol.

Esos amigos vinieron a Las Palmas a visitarme cuando se murió mi marido, y se quedaron en casa. El último día de su visita, saqué el collar y le conté la historia, que Carol había resultado ser esa amiga de Nueva York, la dueña desconocida que pedía el collar.

Naturalmente, no se lo regalé sólo por ser de esa ciudad; tenía que ser algo más, y Carol lo era, y mucho.

Cuando le conté que el collar la había esperado 24 años, lo cogió y se sentó a llorar a mares... Casi nos asustamos...